Al día siguiente, y aun enojada por la plática de la noche anterior, Eliade se dirigía hacia el castillo. Después de un rato se percató del gran silencio que escuchaba; solamente el sonido de sus pasos en el camino empedrado se podía oír. Pensó que se trataba de algo extraño ya que hasta las aves guardaba silencio, pero más tarde se enteraría de la razón. Durante su camino, estuvo pensando sobre muchas cosas. Cómo le pediría perdón a su madre, qué haría con todos aquellos amigos que querían gozar de su compañía y principalmente en qué haría ella misma con su vida después de haber superado la pérdida de su padre, cosa que no había logrado aun. Unos minutos antes de llegar a su hogar, Eliade decidió sentarse un momento para pensar más detenidamente sobre ello. A su mente también llegó el recuerdo de todas las veces que su madre le había prevenido de los hombres y de lo que pueden hacer para satisfacer sus deseos, pero nuestra protagonista era todavía muy joven para entender sobre estos temas y se limitó solamente a decirse a sí misma “algún día lo entenderé” y convencida sobre esto continuó su camino hacia la morada de sus padres.
Quien habría de pensar que lo primero que oyó al llegar a su casa sería lo mismo que durante todo su camino: silencio. No vio a ningún criado haciéndose cargo de los jardines, ni a los guardias que deberían de estar en la puerta principal, ni siquiera las personas que hacían el aseo usualmente en la casa. No fue sino hasta que subió a su cuarto que se enteró de lo sucedido. Encontró sobre su cama una carta explicando lo sucedido y que se habían ido al pueblo más cercano a buscar un médico. No decía cuando regresarían ni a donde exactamente habían ido, por lo que solo habría que esperar. No paso mucho rato para que se diera cuenta de que estaría sola en la casa por más tiempo del que esperaba y comenzó a pensar nuevamente en lo que haría con su vida. Gracias a sus estudios y experiencia podía decidir ser administradora de alguna finca o algún imperio si decidía hacerlo. Sabía que heredaría el de su padre pero había pasado muy poco tiempo para pensar siquiera en reclamarlo. Había inmensidad de oficios que Eliade podía ejercer pues ella se encargaba de la mayoría de las actividades de su administración, y aunque quisiera hacer algo que no supiera, no había actividad que no dominara al poco tiempo de haberla empezado. Pensó en esto hasta el anochecer y como había dormido algunas horas al llegar a su deshabitada casa no pudo dormir. En vez, se entregó nuevamente a los pensamientos sobre la mentalidad del hombre y lo que realmente buscaban. Todos aquellos comentarios que le habían hecho sobre los hombres le parecían mentira, pues solo había conocido a personas honradas y honestas que no cometerían semejantes actos como los que le relataban, o por lo menos sinceramente eso pensaba. En esos pensamientos ocupó toda la noche y al ver los rayos del sol de la mañana decidió poner fin a tales pensamientos, pero la realidad es que muy pronto se encontraría pensando en ello nuevamente.



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